Entre el 4 y el 11
de Febrero de 1945, tuvo lugar la Conferencia de Yalta entre Iósif Stalin de la
Unión Soviética, Franklin Delano Roosevelt de Estados Unidos y Winston
Churchill de Gran Bretaña. En esta reunión se fijaron varios puntos, pero uno,
el más polémico de todos, era la repatriación de todos los prisioneros de
guerra rusos al servicio del Eje y de un gran número de los inmigrantes
repartidos por Europa y el mundo. De este modo los Aliados y las Naciones
Unidas se convertían en cómplices y colaboracionstas del “Terror Rojo”
impulsado por el comunismo al final de la Segunda Guerra Mundial.
Causas
Desde que el
Ejército Rojo estaba conquistando Europa más rápido que los Aliados y cada vez
más campos de concentración y de prisioneros del Tercer Reich caían en su
poder, un buen número de ex-soldados y ciudadanos franceses, británicos,
estadounidenses y de la Commonwealth fueron liberados por las autoridades
soviéticas y puestos bajo custodia. Eso preocupaba expresamente a Reino Unido,
Francia y Estados Unidos, ya que Stalin tenía en sus manos a cientos de
millares de sus soldados y ciudadanos como rehenes. Por eso, cuando el líder
ruso en Yalta se atrevió a reclamar a todos los prisioneros del Ejército de
Liberación Ruso y a miles de inmigrantes cosacos, caucásicos y de otros
lugares, saltándose completamente la legalidad internacional, los Aliados le
respondieron en seguida que sí, siempre y cuando entregara después a sus
nacionales. Tanto la URSS como los Aliados aceptaron el trato. La vida de
varios millones de personas quedaron de ese modo sentenciadas.
Bajo denominación de
“Operación Keelhaul”, se efectuó la deportación de todos aquellos millones de
personas que reclamadas por la URSS, a la fuerza fueron obligadas a regresar,
sabiendo que tendrían una muerte segura, algo que sabían tanto las propias
víctimas, como los propios soldados aliados que iban a participar en aquello.
Rusos:
Apenas pasó una
semana desde que se firmaran los acuerdos de Yalta, cuando en Gran Bretaña y
Estados Unidos ya empezaron a detener a ciudadanos rusos y prisioneros eslavos
que habían luchado junto al Eje. Sin ningún miramiento, la policía inglesa o
americana no sólo detuvo a civiles residentes antes de 1941, sino también a
muchos que vivían allí en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, e
incluso a refugiados de la Guerra Civil Rusa y exiliados antes de la Revolución
Bolchevique de 1917. Tampoco se salvaron muchos hijos de inmigrantes rusos
nacidos en los países occidentales que nunca habían pisado la URSS, los cuales
teniendo nacionalidad británica o estadounidense, sus respectivos Gobiernos los
extraditaron como ganado hacia el infierno soviético. Estas deportaciones se
hicieron en la más absoluta ilegalidad, ya que las normas de inmigración de esos
países prohibían tales actos, así como la ley de protección de refugiados
políticos, la Convención de Ginebra y el Tribunal de La Haya. Pero como los
verdugos eran los claros vencedores de aquella contienda mundial, podían
saltarse la legalidad internacional vigente cuando quisiesen, pues ellos tenían
las armas y nadie se atrevería a reprocharlos.
Los rusos que habían
combatido al lado del Eje en el llamado Ejército de Liberación de Andrei Vlasov
y otras ramas como la Brigada Kaminsky o el Cuerpo de Defensa Ruso en los
Balcanes, fueron sacados de los campos de prisioneros y numerados. A continuación
se los montó en camiones y luego fueron transportados hasta la frontera de
Alemania Oriental, justo al borde del Río Elba en donde se los entregaron a la
policía soviética, el NKVD. En muchos casos delante mismo de los tropas
aliadas, los soviéticos ejecutaron a los rusos blancos, participando a veces en
las matanzas soldados británicos y norteamericanos que molieron a palos a los
presos o los fusilaron en el acto. En ocasiones las autoridades rusas entraban
en territorio aliado con previo permiso y a palos los hacinaban en camiones
para hacerlos regresar.
Vía marítima
llegaron cargueros enteros repletos de prisioneros tras un viaje demoledor por
el Mar Negro u Océano Atlántico, que en cuanto atracaban en puertos rusos, las
autoridades del NKVD entraban en los navíos violentamente y mataban a los
deportados que más peligrosos consideraban, siendo el resto inmediatamente
enviados a Siberia. En dos barcos británicos, el SS Alamanzora y el SS Empire
Pride, hubo dos ejecuciones sumarias nada más amarrar en el puerto de Odessa.
En uno de los barcos de ese mismo puerto, los prisioneros se negaron a bajar y
se aferraron al interior del buque hasta que se los sacó después de tres días.
Otros antes que ser
deportados a la URSS, prefirieron suicidarse, prácticas extremas que muchos
escogieron, incluso a veces hasta familias enteras, como ocurrió en el campo de
presos de Paltting, Baviera, donde los americanos observaron sorprendidos como
había tenido lugar un ahorcamiento colectivo. Por ejemplo en un tren con
repatriados que atravesaba los Alpes, los rusos desde los vagones se arrojaron
de las ventanillas al vacío cuando pasaban por un elevado desfiladero. Sin
embargo hubo también desafortunados que murieron bajo las armas de fuego
anglo-americanas, ya sea por saltar de los camiones durante la repatriación o
por resistirse. Para evitar suicidios o resistencias se emplearon tácticas de
engaño a las víctimas, por ejemplo en el campo de Ruccione, se dijo a 185 rusos
que los iban a enviar a Escocia, pero cuando montaron en los camiones y se les
encerró, les revelaron la verdad de que su destino iba a ser la URSS.
Francia albergó
hasta 70 campos de detención para prisioneros de guerra rusos. Lo más
sorprendente de esto es que dentro del propio territorio francés, se permitió
entrar a soldados soviéticos de la NKVD para que custodiaran el campo de
concentración de Beauregard. Los asesinatos que cometió allí la NKVD contra los
nacionalistas rusos, fue el único crimen en la Historia cometido por soldados
soviéticos dentro de la misma Europa Occidental. Por supuesto la Constitución
Francesa prohibía tal cosa, pero el Gobierno en París hizo la vista gorda.
La comunidad cosaca
de San Francisco, en Estados Unidos, compuesta por 1.179 personas, fue
deportada al completo a la URSS a través del Océano Pacífico, siendo entregados
al NKVD en el puerto de Vladivostock. Algunos rusos de Idaho que se negaron a
regresar a Rusia, fueron reducidos con gases lacrimógenos para obligarlos a
embarcar rumbo a la URSS.
Los cosacos habían
formado grandes oleadas migratorias en la “Descosaquización”, genocidio iniciado
por Vladimir Lenin en 1917, que el pueblo cosaco sufrió duramente. Al estallar
la Segunda Guerra Mundial los cosacos estaban tan hartos que formaron el Cuerpo
de Caballería Cosaca, el cual luchó al lado del Tercer Reich, llegándose a
crear un Estado llamado “Cossackia” en los Alpes Italianos. Terminado el
conflicto, todos los cosacos se rindieron a los británicos en Austria.
Encerrados más de
35.000 cosacos en los campos de prisioneros de Lienz, Oberdrauburg y Peggetz,
estos se negaron a ser entregados a las autoridades soviéticas. Los británicos
salvajemente asaltaron el reciento con tanques y bayonetas asesinando a cientos
de hombres, mujeres y niños, y deportando al resto hacia la cercana frontera
soviética.
Un total de 50.000
cosacos fueron deportados a través del otro lado del Telón de Acero. Los
soviéticos en los días inmediatos ejecutaron a 18.000 en la Masacre de Judenburg.
Estados Unidos por su parte deportó a 154 inmigrantes cosacos que vivían en Nueva York y se los entregó a la URSS.
Estados Unidos por su parte deportó a 154 inmigrantes cosacos que vivían en Nueva York y se los entregó a la URSS.
Otras
etnias:
Los caucásicos
fueron el otro gran colectivo perseguido por la URSS y por sus cómplices
anglo-norteamericanos. Soldados de Georgia que habían combatido a los alemanes
y ayudado a la Resistencia Holandesa, ni siquiera fueron perdonados por el
Gobierno de Holanda, que deportó a 228 de los georgianos que habían luchado por
ellos en la Batalla de la Isla de Texel. Más tarde, desde Pisa en Italia, los
británicos deportaron a los primeros 80 civiles caucásicos. Millares de
caucásicos de Georgia, Azerbayán, Armenia, Nogai, Chechenia, Ingusetia,
Daghestán, etcétera, fueron extraditados a la URSS y castigados por la NKVD.
Los ciudadanos de
los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), tampoco se salvaron de la
deportación, a pesar de que las Naciones Unidas se mostraran en contra de la
ocupación soviética de dichos territorios. Suecia, país tradicionalmente amigo
de los bálticos y neutral en la guerra, entregó a muchos de ellos a la URSS.
Consecuencias
Serían deportados y
privadas de libertad nada más llegar a la URSS un total de 2 millones de
personas, de estas, 1.000.000 perecería asesinada o en los gulags de Siberia.
Entre los muertos estuvo el líder del movimiento de liberación ruso, Andrei
Vlasov.
Lo peor de este
genocidio es que no sirvió absolutamente de nada. Pues Stalin no liberó a los
prisioneros de guerra aliados en la URSS, sólo a unos pocos para disimular,
quedándose con los casi 30.000 presos británicos, los 23.500 norteamericanos y
algunos pocos supervivientes franceses, que jamás volverían a su hogar. Lo que
más habían temido los Aliados sucedió inevitablemente: habían entregado más de
un millón de vidas para salvar a sus compatriotas y ahora tantos unos como los
otros estaban gratuitamente en manos del líder ruso.
En el genocidio de
los repatriados no sólo fue la Unión Soviética la que cometió este atropello,
sino también Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, en lo que claramente fue
un crimen de guerra y contra la Humanidad compartido.


No hay comentarios:
Publicar un comentario